Madrid


                                "Plaza de España" Acrílico y anilinas/ lienzo. 81 x 100 cm. 

 Cuando se vive inmerso en algo -una obsesión, un deseo, una época, un lugar- no somos capaces de tener un criterio objetivo sobre ello. Los árboles que configuran nuestro paisaje -ya sea interior o exterior- "no nos dejan ver el bosque", y sólo tenemos de él una visión acuciante y próxima. No disponemos de la distancia suficiente para descubrirlo como es en realidad, siendo las pequeñas cosas que lo constituyen, las que establecen los parámetros de nuestras sensaciones.
   "Gran vía rosa" Acrílico y anilinas/ lienzo. 81 x 61cm.
   "Calle Alcalá" Acrílico y anilinas/ lienzo. 114 x 146 cm.


                                         "Gran Vía azul" Acrílico y anilinas/ lienzo. 114 x 146 cm

Vivir enclavado en una ciudad acarrea también estos peligros. Sus edificios, su fisonomía, sus habitantes, sus despertares y jolgorios: en resumen, todas sus señas de identidad son tan nuestras que no sabemos hasta que punto nos agradan o molestan, sólo asumimos la inercia que la propia ciudad crea -donde pesan más sus costumbres que sus apariencias-, obedeciendo ciegamente las grandezas y las mezquindades que entre todos vamos erigiendo.


   Madrid -para los madrileños- es la casa donde viven y donde , forzados por las circunstancias, participan de cierto pensamiento colectivo que le es propia. Le ocurre lo mismo al aldeano con su paisaje recóndito -lo que establece que esta característica no es patrimonio exclusivo de las grandes ciudades- pero éstas -en base a sus diferencias- sí generan idiosincrasias distintas.

  Por lo cual, las ciudades quizá sean más reales a través de las representaciones que sus propios habitantes hacen de ellas que de la contemplación directa, ya que en éstas se suman las apariencias propias del lugar, con la transformación que las infiere el sujeto que las interpreta.

"El puente de Ventas" Acrílico/tela 65x81 cm.

   Madrid visto por un madrileño acarrea esta doble vertiente de las fisonomías representadas y la manipulación de alguien que pertenece a ese mismo cuerpo -de alguien que no es capaz de discernir sobre su naturaleza, porque forma parte de ella-. Por eso, yo no busco lugares necesariamente "especiales" para mis múltiples cuadros sobre Madrid; son lugares por los que transito con frecuencia con la mirada puesta en mis pensamientos o en la conversación de mis acompañantes y que, en la mayoría de las veces, no atiendo a su presencia, por obvia. No deambulo por ellos con la mirada del turista, absorta en lo que va descubriendo; por el contrario, son esos sitios pisoteados por la necesidad los que me interesan. Por tanto, podría decirse que son cuadros nacidos de la mirada de la rutina, para que sea el acto de pintar el que realmente se aleje de esa inacción de la que parte y desate la pasión en el estudio.


Estos cuadros realizados con posterioridad al año 2000 -y que son un reflejo de cómo entendía Madrid en esos años- vinieron precedidos por gran cantidad de trabajos anteriores que dejan constancia de los cambios que sufrimos todos al entender el espacio donde habitamos.

Para constatar la transformación que, gradualmente, he venido necesitando para enfocar los temas urbanos y las modificaciones en el lenguaje artístico, muestro una serie de trabajos sobre cartón realizados en los años ochenta, donde la línea, progresivamente, va compartiendo el espacio con la mancha.



"Cine Excelsior"
"Calle Alcalá"
"Torre de Madrid"